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«Dulces Paraísos»

Que si coches autónomos para ir comiéndonos unos churros con chocolate mientras “ojeamos” las noticias en la tablet sentados de espaldas al volante, que si smartwatches que casi se diría que hacen el ejercicio por nosotros, para ponernos todos super guapos, como si presumir de guapos en un mundo de guapos tuviese mayor interés, que si robots que harán todo por, para, según, sin, so, sobre y tras nosotros, que si ciudades inteligentes llenas de vida, humanidad, felicidad, big data y coches eléctricos, como si no supiéramos ya que una ciudad sana, tranquila y humana pasa, necesariamente, por restringir el coche dentro de ella a la mínima expresión, sean éstos convencionales, eléctricos o a mechero… En fin, si uno se para fríamente a pensar en algunos de estos supuestos avances, cobra todo su sentido la frase «virgencita que me quede como estaba».

Metrópolis
Metrópolis, (1927). Dir. Fritz Lang

Cierto es que la curiosidad humana nos ha brindado mucho de lo bueno que tenemos, y que algunos desarrollos sí que han sido muy positivos y trascendentes. Incluso que algunas “casualidades” hayan permitido descubrir cosas como las penicilina, gracias precisamente a esa curiosidad humana. Pero la pregunta que deberíamos hacernos es, ¿hacia qué investigaciones y desarrollos habría que apuntar con mayor decisión? Y, por otro lado, ¿cómo pretendemos vivir en este mundo si sabemos que nos estamos enfermando y matando por respirar un aire que contaminamos nosotros mismos, usando en exceso el coche y no implantando de forma más decisiva mejores sistemas energéticos de producción? Contaminación que, paralelamente, está produciendo alteraciones en el planeta y provocando catástrofes naturales y más muertes. Si en el fondo sabemos que los equilibrios en los que se basa el mundo que conocemos y nosotros mismos son tan delicados, ¿por qué nos dedicamos a obviar que debemos trabajar para mantenerlos, mejorarlos, y no actuar como kamikazes en su contra? Por tanto, ¿por qué no se invierte muchísimo más en ciencia médica y desarrollos científicos y menos en tecnología dedicadas al simple entretenimiento? Un simple y, si quieren, interesado, ejemplo de lo que digo, ¿por qué donde yo vivo hay decenas de centros turísticos dedicados a entretener arquitectónica y paisajísticamente a los turistas, pero no hay un museo de las ciencias en honor a Blas Cabrera y Felipe (1878 – 1945), destacado científico en ciencias físicas y matemáticas a nivel internacional, nacido en Arrecife, Lanzarote, que sirviera para dar a conocer sus obras y contribuciones científicas así como las historia de la física? Pues eso.

Nos están bombardeando día tras día con todos esos “futurible-parabienes”, tanto que hacen que creamos que somos mejores de lo que en realidad somos, y que olvidemos nuestras realidades, aquellas realmente importantes en las que, paradójicamente, sí podemos volcarnos. Demasiadas noticias especulativas, demasiado dinero y recursos destinados a mantenernos entretenidos, demasiado esfuerzo dedicado a hacernos creer que somos todo eso y más, los más “guays del Paraguay”. Y, de repente, resulta que llega un “bicho” de lo más simple en su estructura, que ni siquiera es considerado un ser vivo, ─aunque el debate científico al respecto sigue abierto─, ¡y va y nos paraliza!, ¡de Norte a Sur y de Este a Oeste! ¿Cómo puede ser? ¿Acaso no éramos los reyes del Mambo? Pues no.

Nos tienen la cabeza llena de dulces paraísos, que impiden que nos paremos para hacernos las grandes preguntas. Ya es hora de que redefinamos el mundo, revisando mejor cuáles son o deberían ser nuestras verdaderas prioridades. Nos hacen desear cosas que realmente no son necesarias; no nos hacen mejores ni nos ayudan a vivir la vida con plenitud. Eso sí, nos entretienen muchísimo, pero sólo un ratito. Luego…, a por otra cosa.

Debemos aprender a distinguir cuándo algo merece realmente la pena. No es fácil, nadie ha dicho que lo sea, pero sí necesario. Y esto es algo que sí está en nuestras manos. Por ejemplo, podemos reducir las compras compulsivas. Es un problema que incluso tiene nombre en psicología, oniomanía, y tiene cuatro fases: anticipación, preparación, gasto y decepción. Sin llegar a niveles psicopatológicos, esa decepción la hemos sentido, quien más quien menos, todos, como también hemos sentido que algo adquirido luego no tiene el grado de uso que previmos, o que no ha cumplido todas nuestras expectativas, o que nos precipitamos. Todo ello, en diferentes grados según el caso, lleva a decepciones que, encadenadas, son las que derivan en infelicidad o a padecer ciertos desequilibrios emocionales que afectan a nuestra forma de comportarnos y de ver la vida. Esa es una realidad a la que podemos poner remedio, es cosa de proponérselo y definir estrategias. No dejarnos llevar, sin más.

Efectos del cambio climático

Otro tema en el que también podemos actuar ya. Los científicos nos están diciendo que el cambio climático es una realidad, que estamos alterando los ritmos naturales del planeta y que peligra nuestra vida en él. Y es como si no fuese con nosotros, seguimos cogiendo el coche para ir a comprar “cuatro cosas” al super que tenemos a 800 m. Está más que demostrado que las ciudades, donde vive más de la mitad de la población, se están convirtiendo en lugares inhumanos por el exceso de coches y la carencia de zonas verdes, zonas de esparcimiento donde las personas puedan encontrar momentos de calma, estirarse, desconectar, respirar… Todo el espacio urbano está contaminado, el aire, la acústica…, y segregado por corredores diseñados por y para optimizar los flujos del tráfico a motor, olvidando, además, que en los espacios urbanos intermedios discurre también la vida, y que esas barreras físicas del tráfico condicionan y merman la calidad de ésta.

Para la movilidad dentro de las ciudades ya existe un remedio, la bicicleta. Es una herramienta estupenda, sencilla, práctica, que nos aporta beneficios increíbles, a nosotros y a nuestro entorno, introduciendo con su uso nuevas ondas positivas y un ritmo más lento, y a la vez dinámico, de movernos, que se traducen en mejoras en el ánimo, en las expectativas vitales, en estar más calmados…, y que a su vez aporta a la ciudad un aspecto y cualidades más humanas. En definitiva, la bici y lo que su uso extendido implica, genera mejores ciudadanos y, por tanto, mejor ciudad. Sin embargo, desoyendo todos los estudios realizados y los consejos de todas las ciudades donde ya se ha producido, o se está produciendo el cambio, nos mantenemos absurdamente aferramos a la supuesta comodidad y seguridad de nuestros coches, cuando la cultura del coche, además de hipotecarnos, ni es más cómodo ni, por supuesto, es más seguro.

También sabemos que el plástico está matando animales, contaminando las aguas del mar y destruyendo ecosistemas vitales para la vida; en el plástico se encuentran sustancias reconocidas como disruptores endocrinos, lo que les hace potenciales agentes dañinos para nuestra salud. Pero tampoco ahí actuamos con la determinación esperable ante esa gravedad. De nuevo, parece que hay margen, siempre parece que tenemos margen… Se diga lo que se diga y esté todo ya más que demostrado, seguimos actuando como si todo esto no fuese con nosotros, como si todo esto fuese un juego con tecla de escape.

Y, de repente, cuando vivíamos dando la espalda a todos estos asuntos, cegados por este aparente «dulce paraíso», llega el coronavirus y con la palma completamente abierta nos da ¡¡¡tremenda bofetada!!! Y no, no hay botón “Esc”: Estamos dentro y no podemos salir.

Pues bien, es hora de madurar, de poner los pies en el suelo, porque la vida nos va en ello. Este virus que nos está matando, que ha venido para quedarse, pues posiblemente sea un virus estacional, como la gripe, y que por tanto va a revolucionar el mundo que conocíamos, y que va a dejar una crisis detrás cuyas magnitudes y efectos, directos y colaterales, nadie puede dimensionar en estos momentos, nos debería obligar a reflexionar sobre lo que debe ser prioritario e importante en nuestras vidas, y llevar a su justo plano el resto de asuntos.

Preguntémonos, en serio, ahora que tenemos tiempo, qué cambios puedo introducir en mi vida cuando dejemos este confinamiento.

Algunas ideas: Dejar el coche aparcado y usar más la bicicleta en el ámbito urbano, en los desplazamientos inferiores a 5-7 Km. Usa el coche estrictamente cuando sea necesario, bien porque tengas que desplazar a algún familiar por motivos de salud o necesidad, bien porque necesites desplazar objetos pesados, como “la compra del mes”, por ejemplo, o porque tengas que desplazarte a muchos kilómetros de distancia y no tengas alternativa con el transporte público. Recuerda que también en esos casos puedes llevar la bici en tu maletero y sacarla cuando hayas llegado al destino, de modo que el desplazamiento final en ese entorno cercano del núcleo al que te hayas dirigido lo hagas en bici. No veas la bici como una cosa de niños, como un capricho o como un deporte. No hay más que echar un vistazo en otras ciudades de España, de Europa, para comprobar cómo personas de todas las edades usan la bici para ir al trabajo, al cole, para hacer pequeñas compras o recados, para ir a la peluquería, al banco, a un teatro…

También podemos no comprar en comercios donde vendan productos envasados en plástico, o, al menos, reducir al máximo su uso siempre que podamos. Y sí, se puede, pero hay que tener una actitud responsable y buscar alternativas. Es probable que incluso te des cuenta que puedes comer mejor y más sano, pues muchos de los alimentos que usan bandejas y miles de envoltorios plásticos son alimentos superprocesados.  Molestémonos en tener esa actitud comprometida con nuestras reflexiones. Además, comunícate con esas tiendas que venden todo envuelto en plástico, hazles saber que no compras en ellas por ese motivo. Si todos lo hiciéramos, veríamos el poder que tenemos de modificar el mundo. Nos quedamos esperando a que sean los gobiernos los que obliguen a los grupos empresariales a realizar el cambio, pero nuestro poder como colectivo pasa porque entendamos nuestro poder como individuos. A esos comercios puedes enviarles un correo, contactar o evidenciar su oferta en redes sociales…, lo que prefieras. Actúa! Recuerda que esto no es un juego.

También podemos actuar mejorando nuestro nivel de reciclaje, y eso implica también nuestra capacidad de aprovechar bien lo que tenemos, no caer en la mal entendida modernidad basada en el abuso sistemático del “compro nuevo y tiro viejo”. Debemos recuperar el encanto que implica recuperar una silla antigua, aprovechar las sobras de una comida para hacer otra variación del plato, reciclar el aceite que usamos para freír, tener una pequeña compostera en casa para generar, con algunos residuos orgánicos, material con el que enriquecer la tierra de nuestras plantas… Hay mil fórmulas, y no son nuevas, por más que ahora lo llamen “economía circular”. Esa forma de actuar, de economizar, la hemos visto toda la vida en los hogares de nuestros padres y abuelos: potaje para tres días, dos días entero, y al tercero crema con gofio. Respecto a compostar, compostadoras hay de todos los tamaños, así que si vives en un piso, tampoco tienes excusa. Y no huele mal si seleccionas bien qué metes. Te sorprenderá comprobar cómo se reduce el volumen de basura que generas a diario, y los beneficios de la materia orgánica que obtienes.

Esto no va de imponer nada a nadie, sino de motivar a que esta pandemia nos lleve a que cada uno, en su ámbito y posibilidades, reflexione al respecto, y actúe. Recuerda, esto no es un juego, ni nadie dijo que fuera fácil. Lo que sí está claro es que esos cambios de actitud, que nos llevan a ser más consecuentes en nuestros actos con lo que pensamos, son muy gratificante.

Pero hay que tener muchos reflejos y reflexionar también sobre el doble filo que encierra esta crisis que nos está tocando vivir… Cuando estas medidas excepcionales de confinamiento pasen y vayamos, poco a poco, retomando la normalidad, corremos como mínimo dos riesgos: una, seguir como antes, sin introducir ningún cambio a mejor en nuestras vidas y en nuestra forma de enfocar y actuar, y dos,  volvernos aún más egoístas, más individualistas, más “sálvese quien pueda”. Y, no lo dudes, eso sólo agravará la situación actual y las venideras. Esto no es un problema que podamos afrontar de forma individual, es colectivo. No confundamos el sano y válido individualismos que nos permite realizar nuestras vidas con independencia y plenitud, con ir cada uno a lo suyo a todos los niveles. Somos y recibimos lo que proyectamos.

Dos personas adultas disfrutando de un paseo en bici


Del libro Tu segunda vida empieza cuando descubres que sólo tienes una, de Raphaëlle Giordano, he extraído una frase que me ha gustado mucho: “Un día me iré a vivir a Teoría, porque en Teoría todo va sobre ruedas”. Y es que la realidad que vivimos día a día es la que es, y de tanto soñar con los dulces paraísos, nos dejamos distraer y no actuamos en lo que sí nos compete, en lo que sí está, ya, a nuestro alcance. Sin duda, es más fácil vivir en Teoría, pero la cruda realidad es que Teoría no existe. Sólo tenemos un planeta y una vida que vivir.

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